Cuanto más tiempo paso con la gente más me doy cuenta de que estoy continuamente mutilando mi personalidad para adaptarme a lo que los demás esperan de mí. ¡Ja! Y eso que apenas paso tiempo con nadie.
Estoy constantemente poniéndome trabas. A lo largo del día me prohíbo a mí misma mil veces reír, llorar, emocionarme, chillar, gritar, enfadarme, decir lo que siento, sentir lo que pienso, pensar lo que digo, hacer lo que quiero.
No estoy a gusto con nadie (casi), y sin embargo la soledad en la que me encuentro constantemente me ahoga.
Cada vez que te vas me quedo vacía, ligera como una pluma, y me acojono en estos días de tormenta por si acaso me alejo aún más de ti.
El alma, sin embargo, me pesa tanto que tengo que arrastrar los pies y hacer un esfuerzo enorme por sostener la cabeza sobre el cuello, por andar erguida, y acabo con un dolor de espalda de mil demonios.
El reloj camina más lento de lo normal, y estudiar se hace mucho más pesado. No es lo mismo hacerlo sabiendo que estás ahí. A lo mejor temo que al entrar tanto concepto en mi pequeña cabecita salgas tú volando, o quizá me vuelva loca yo misma, y dejes de quererme como en mis sueños.
Comprendo que los padres se preocupan por nosotros, que nos quieren más que a nada y que todo lo hacen por nuestro bien. Que no quieren que suframos y mil cosas más. Lo comprendo y estoy segura de ello. Pero esas preocupaciones no aseguran que a veces sus técnicas sean las más adecuadas para conseguir aquello que desean.
Cuántos padres habrán condenado a la inseguridad a sus hijos por su excesivo control y preocupación. Cuántos padres habrán perdido la confianza de sus hijos por sus continuas reprimendas y sus escasas palabras de apoyo.
Os equivocáis como padres. Así como nosotros reconocemos que lo hacemos como hijos, admitidlo también vosotros.
Y cuando nos toque, cometeremos los mismos fallos. Casi seguro.
Mi padre se interpone entre yo y mis sueños: "será un fracaso absoluto", "replantéate tus razones porque creo que no son válidas", "camina sobre seguro o lo perderás todo", "no te arriesgues o te saldrá mal", "no estás preparado para eso". Sus palabras se convierten en pesos sobre la espalda que me hunden y me dificultan encontrar las ganas para esforzarme en conseguir lo que quiero.
Lo curioso es que a él su padre, cuando decidió qué era lo que quería hacer con su vida, le decía: "Esto que haces es una pérdida de tiempo, deberías ponerte a trabajar ya en la fábrica, no vas a servir para nada".
Y mi padre, cabezota, no escuchó, sino que se dedicó a estudiar como un animal para sacarse las oposiciones. Y ahora está aquí.
Y él mismo, después de la discusión, me dice: "Cada día me parezco más a mi padre".
...
Tendré que enseñarle a mi padre que estoy, por una vez, segura de mí misma y de lo que quiero.
Pero... ¿Acabaré diciéndole lo mismo a mis hijos dentro de unos años?
A veces las cosas vienen sin entender muy bien cómo. Algo que siempre te había dado pánico de repente te lo planteas con una naturalidad que te sorprende. A mí siempre me había dado mucho miedo o reparo alejarme de mis padres, salir de debajo de sus alas, convertirme en una persona autónoma, libre y responsable de mis decisiones. Y no sé cómo ni por qué de pronto me siento realmente preparada. No sólo eso, sino que tengo muchísimas ganas de lanzarme a lo desconocido, de ponerme a buscar trabajos, pisos y alternativas para poder buscarme la vida yo solita.
Y si me sale mal, seguro que habrá otras alternativas para conseguir lo que quiero. Pero, desde luego, estoy dispuesta a arriesgar lo que haga falta.
No me gusta este mundo de insensibles, falsos, asesinos, corruptos, mentirosos, manipuladores, hipócritas, cínicos. No me gusta esa masa de carne que se exhibe en el mercado de la noche. No me gustan sus sonrisas de imbéciles, felices de no saber, de no ser. No me gustan las manos de los seres vacíos que no piensan en el mañana. No me gusta la palmada en la espalda, sus consejos, su egoísmo. No me gustan sus álmas fáciles: Las que se regalan y los que las compran (o alquilan).
No quiero que me toquen ni que sepan que existo. Quiero mezclarme con ellos y saber que me mantengo ajena a su idiotez.
Quiero a esos pocos que son diferentes, que tienen un aura distinta, que no forman parte de la masa y que, aunque no lo sepan, no quieren ser como ellos.
Llegas a casa después de unas vacaciones llenas de amor, y todo sigue igual. Por desgracia.
Siguen las normas de adolescente, las broncas por nimiedades, las restricciones... Es verdad que cada día siento menos que este sea mi hogar. Es el hogar de personas a las que quiero, pero no el mío. No es ese sitio que me reconforta, que me calma, que es mío y que hago mío cada día. Me siento una huesped, una invitada que alargó demasiado la estancia y que no llega a encontrar su sitio.
Al menos hoy me siento más preparada que hace unas semanas para dar el paso de partir. Sé que mi madre lo siente por la manera en la que me abrazó y lo que me dijo cuando llegué ayer del viaje.
Necesito irme de vosotros, y sólo pensar que pueda irme con él... :)