martes, 16 de julio de 2013

Carta a una tuitera

Abres la pestañita de Twitter y lanzas una granada de palabras que puede caer en cientos de corazones al mismo tiempo. 

De la tinta de mi boli al papel no hiero a nadie, pero las letras que se escriben en la pupila de los ojos de quien las lee son irrecuperables. Las palabras tienen filo para el alma. Jugamos con ellas como niños que juegan con fuego y animales y dolor y vida.

"Si no quiero verlo no existe", pensamos. Enlazamos letras con mensajes juguetones y los dejamos caer despacito, de un puntapié en la superficie de la córnea. Como bolas de nieve (o de fuego), en algunos corazones crecen y en otros se estrellan contra rocas aún más fuertes.

Pero a veces descienden a toda velocidad y da la suerte que se cuelan por la rendija de un corazón y duelen. Y sin quererlo encienden el mecanismo que invita a responder con la misma violencia emocional, tapada con la mantita esa del si-no-lo-veo-no-existe.

Yo expulso la palabra, tú le das forma con tu cabeza y el corazón la hace suya. Hay algo de magia, de trágico, de aterrador en el proceso que nos vuelve vulnerables. 

Y así sin que quieras saberlo dueles, hieres, mutilas, fabricas lágrimas, rencor, celos, sueños, amor, desilusión, dolor de ego e inseguridades.

Lo mejor de Twitter es que no deja huellas de tinta, ni manchas del crimen en los dedos.

3 comentarios:

Hugo Pérez dijo...

Muy acertado. Un saludo.

lunáticasuicida dijo...

Vulnerables. Hay palabras que lo consiguen en un instante. Pum.

Miguel Angel Sanchez Ber. dijo...

Le falta la música para ser una canción. ¿Que ritmo le pondrías tu?