jueves, 22 de noviembre de 2012

Llora entre mis brazos. Se desarma como se desarman las granadas en las manos, explotando su jugo con dureza, golpeando su sonido la tela de mis pantalones, golpes secos, tac, tac, y yo por dentro. Con lo que me gusta a mí sincronizarme con todo. Jesús. 

Y qué pereza da comerse las granadas. Pues mira, no. Yo las abro y las como de mil maneras, y si tú no tienes paciencia, pues es tu bendito problema. Si tú no te emocionas con la contradicción de la bomba de azúcar por el núcleo amargo, es tu bendito problema. 

Mira, es que, verás. Yo te abriría las manos y dejaría caer los dientes rosados sobre tus palmas. Te invitaría un poco a mirar a través de ellos. A comerlos uno a uno, a llenarte la boca a puñados. 

Vivir es una mierda. Asco de sol reflejándose en los tomates del jardín de mi abuelo. A quién se le ocurre.

Desde entonces no hago otra cosa que esconderme. Si al menos aquí hubiese ortigas...

1 comentario:

Juan Antonio dijo...

Delicioso. Cada grano parece tener una historia que contar.