jueves, 22 de noviembre de 2012

Llora entre mis brazos. Se desarma como se desarman las granadas en las manos, explotando su jugo con dureza, golpeando su sonido la tela de mis pantalones, golpes secos, tac, tac, y yo por dentro. Con lo que me gusta a mí sincronizarme con todo. Jesús. 

Y qué pereza da comerse las granadas. Pues mira, no. Yo las abro y las como de mil maneras, y si tú no tienes paciencia, pues es tu bendito problema. Si tú no te emocionas con la contradicción de la bomba de azúcar por el núcleo amargo, es tu bendito problema. 

Mira, es que, verás. Yo te abriría las manos y dejaría caer los dientes rosados sobre tus palmas. Te invitaría un poco a mirar a través de ellos. A comerlos uno a uno, a llenarte la boca a puñados. 

Vivir es una mierda. Asco de sol reflejándose en los tomates del jardín de mi abuelo. A quién se le ocurre.

Desde entonces no hago otra cosa que esconderme. Si al menos aquí hubiese ortigas...

martes, 23 de octubre de 2012

No sabía que podrían llegar a fascinarme tanto las matemáticas. La continua ecuación a la que me sometes. Las x que me vuelvo loca por grabarte en la piel con saliva cada mañana, el continuo intentar tomar distancia  y fracasar cada vez, el medirte con todo mi cuerpo y saberte de memoria en proporción a cada mano y cada dedo. Las ganas de llorar no cuantificables, el universo hecho deseo, la mecánica cuántica que vete a saber qué es pero tiene que tener algo que ver con tu mirada. Los esquemas que me tiro horas pensando para saber cómo acercarme y que mandas al traste cuando giras la cabeza para colocarte otra vez el pelo. Y otra, y otra, y una vez más, y no dejes de hacerlo nunca, por favor, de verdad, te lo suplico.

Las ganas de verte que si quieres te las mido en kilómetros, en horas, en cafés, en angustia, en horas de sueño, en trabajos de clase, en vasos de leche con galletas, en canciones de Pauline en la playa, en lunares o en latidos.

A ver a quién le explico yo estas ganas de restarme todo para sumarme más a ti, sumarte a mí y sumarnos la piel y sumárnoslo todo y sumar besos y horas de cama hasta hacernos pasteles infinitos de sábanas en los que comernos con las manos como niñas.

Este continuo calcular la distancia teniendo dos incógnitas que me hace sonreír tantísimo. Este no poder parar de operar con todos los factores.

Este continuo calcularnos. Y solucionarnos. También. También solucionarnos.


 

domingo, 7 de octubre de 2012

Carta


Estoy echando litros de leche caliente al estómago para que me duelas menos. Estoy haciéndome un océano por dentro, me estoy ahogando mucho y me están creciendo olas como manos de espuma que echan de menos tocarte.

Cuando estoy contigo soy un ciempiés. Camino despacito, vale, pero tengo como patitas diminutas con las que te recorro arriba y abajo, arriba y abajo. No te quejes si me centro en unas flores más que en otras, porque estoy haciendo fotografías con todos los sentidos, y ya les gustaría a otros, mi amor.

Como te echo de menos también por la garganta sigo bebiendo leche y también me meto muchas letras pos los ojos, como si fuese yo un pozo sin fondo. Fíjate. Más te vale que vengas pronto a salvarme. Porque me estoy creyendo Moby-Dick y eso no puede ser bueno.

Y oye, que tengo muchas ganas de invitarte a un picnic. Ahora que es casi invierno y acabamos de enamorarnos y no es aún tiempo de cerezas. Ya ves. Así soy yo, mejor que te vayas acostumbrando, mi vida.

Me estás haciendo cosas muy bonitas por dentro y no te das cuenta. Pero bueno, yo a callar. Que sin decirlo en alto es mucho más bonito. O eso dicen.

lunes, 13 de agosto de 2012


En una habitación blanca como la cal. Sábanas blancas sueños blancos. Paredes blancas, crema, hasta humedades blancas. Olor a moho y a madera penetrante. Los muebles como ancianos arrugados y color tostado, despellejado por las horas, marrón tronco de árbol. Marco negro de las ventanas como ojos de madrugada.

Si tocas el suelo se queja, invita a volar hasta la cama. Lomos de libros acostados sobre el vacío de la habitación llaman a los dedos e incitan las miradas.

Todo lleno de silencio que se desborda por las grietas de las paredes y parece que va a explotar en millones de enredaderas, como si fuesen cajas de sorpresa. 

La cama reina en la habitación mientras sugiere sudor a pesar de estar muy seca, empapada de sueños pero muy seca. Dos mesitas y un barreño lleno de flores. De pétalos o de espinas, según cómo quiera verlo el lector.

Una bombilla peladita e indefensa se deja caer del techo en plan suicida.

Polvo como si no viviera nadie, pero huellas dactilares como si hubiese pasado la humanidad entera por sus sábanas.

Hay una rama de nogal adentrándose en la habitación por la ventana como si quisiera acostarse. Parece cansada. Todo el suelo lleno de pelotas verdes acunando nueces en su interior, manchándolo todo de verde, pudriéndose por fuera y despertándonos el hambre por dentro.

La rama de nogal entra por la ventana, que está metros hacia el cielo de manera antinatural. Son ganas de joder estas de poner ventanas tan altas por las que entran ramas de árboles por las que no mirar nunca por las que no ver nunca el cielo.

La bombilla quiere jugar con las ramitas y dejarse caer por sus arrugas cual tarzán para saber a qué sabe el suelo. Y qué sabe el suelo, también.

De la rama de nogal cuelga una niña. Entre la niña y la rama de nogal hay una cuerda. Parece una mariposa si no fuera porque no tiene alas ni antenas ni nada. La cuerda se sujeta firme en la rama de nogal. Firme porque la reafirma el peso de la niña. Digo niña porque es una adulta con una trenza enorme llena de flores que le cuelga de la cabeza y casi barre el suelo. 

Tiene el pelo rubio y está dormida. Una cosa está muy relacionada con la otra. Con la trenza y la habitación y con todo. Está desnuda. La cuerda gruesa pero desgastada dibuja sobre la piel de la niña dibujos simétricos. La recoge en posición fetal con la espalda hacia el suelo y la cabeza ladeada. Hay dos pequeñas cuerdas que atan también sus manos y sus pies. Está completamente inmovilizada.

Ahora el lector va a descubrir que no está forzada sino asegurada. Protegida. La protege la otra chica pelirroja que duerme desnuda boca abajo en la cama, con un hilillo de baba empapándole la barbilla y parte de la almohada. Hay un rayito de luz dormido sobre su pelo pero es mejor no decir nada sobre él, no vaya a despertarse.

Ella se despierta con la piel blanca como las paredes. No entreabre los ojos sino que los abre de par en par sin darte tiempo a separar tu rostro imaginario de su cara, y son tan azules que te da miedo y quieres que vuelva a cerrarlos, pero no lo hace y te enamoras y ya no puedes volver a pensar en nada más durante todo el relato. Solo puedes pensar en sus ojos azules flotando sobre esa piel tan blanca, con el pelo rojo y el rayito de sol recostadito, acurrucadito, dormidito. Y el hilillo de baba, claro. El hilillo de baba también.

Entonces ella se pone a cuatro patas y se pasa el reverso de la mano por la boca, extendiendo la baba hasta rozarle el lóbulo de la oreja, y después se limpia la mano pasándosela por la cara interna de los muslos, se gira rápido tirándose sobre su espalda, frotando las piernas. Estira los pies todo lo que puede hacia el techo, hacia la bombilla peladita como intentando rozarla, y la bombilla peladita se estira hacia los dedos de sus pies pero nada, que no hay forma. Así que los dos desisten y aflojan sus huesos y se dejan caer, o no caer, según sea el caso. 

Entonces ella gira la cabecita hacia un costado y las partes más mojadas de la cara se secan contra la almohada. Se mira insistentemente las venas pero no las ve latir, así que dispone su pelo rojo sobre la almohada como si fuesen las raíces de un árbol. Un árbol.

Se pone en pie, desnuda. Qué fastidioso el suelo siempre quejándose, pero es que ya es muy viejito. 

De una jarra enormemente blanca y llena de ornamentos y flores azules dejar caer una cascada de agua en un plato hondo gigante.  Detiene su atención en el sonido del agua, en el del viento, en el de las ramas de los árboles, en los pájaros. Cierra los ojos dos segundos.

En una bolsa de plástico a los pies de la cama hay tres kilos de moras frescas. La preciosidad del pelo rojo se pone de cuclillas, hunde sus manos entre las moras y saco un cuenco completamente lleno y manchado. Piensa que tiene la sangre de moras mientras se las acerca a la boca, se llena la boca, y los labios, y mastica, y el jugo de mora cae por el cuello y por los pechos y hasta algún reguerito llega al ombligo, incluso. De verdad. Lo juro.

Se pone en pie y se acerca a la niña así, comiendo moras con las dos manos, llenándose la cara y llenándoselo todo.

Se sitúa junto a la niña y ella se despierta y abre los ojos no como la chica del pelo rojo, sino despacito, con una película como de sueños rotos nublándole la mirada, pero feliz. La niña sonríe y la chica del pelo rojo entonces le sujeta de la nuca, con la mano de las moras, así, manchándole todo el pelo, y le mete la lengua en la boca suavecito, acariciándole los dientes y ella como bebiendo responde a su beso abriendo más la boca. 

Con la otra mano de moras entrelaza sus dedos con la niña, pero después decide apretarle las tetas. Así todo está lleno de moras, hasta el pelo rojo.

La niña está suspendida del árbol pero ella la sostiene como si el peso estuviese en sus brazos, con la mano izquierda sujetando su cabecita y la mano derecha… bueno, la mano derecha entonces está más abajo, con todo el jugo en sus dedos entrando en la niña despacito, y las lenguas mezclándose, y la mora y los dedos por dentro acariciando, y ya se oyen como gemidos, y entonces saca los dedos de ella y las dos los lamen. Lamen los dedos, y las manos, y todo. Y sonríen. Sobre todo sonríen, mucho.

Yo creo que se escucha hablar al nogal, pero de pronto entra como una brisa muy fría en la habitación, y ya no puedo ver nada.

sábado, 28 de julio de 2012

Nunca volveré a hacerlo.

Cuando se repite esto una y mil veces no sabe exactamente a qué se refiere.

Quince minutos antes.

Siente el dolor como punzadas enormes, como aguijones, como piedras sepultándola por dentro, como vértigo infinito. Culpa de todo, culpable por todo. Irresponsable. Incapaz de manejar nada. El desprecio de uno, la incomprensión de otro, el amor no correspondido, los recuerdos que no volverán. No. Los recuerdos sí vuelven, claro que vuelven, pero lo que ella fue con esos recuerdos no. Se va perdiendo poco a poco por el camino. Las responsabilidades se acumulan, le estrujan el cráneo, le aprietan el pecho. El amor que pesa demasiado, la inseguridad y los celos. Le va creciendo la marea por dentro y apenas siente su piel o su pelo o sus pies en la tierra. La tormenta gira a su alrededor y todo da mil vueltas. Cómo se hace para gestionar todo ese caos que le sale de dentro, que le sale por los poros y por la boca y por las pupilas. Y se le arremolinan en el pecho las palabras y quiere pedir perdón y no sentir nada y quiere dominarse y ser racional y seguir como si no pasase nada pero no. No puede, el maldito dolor le trepa por las entrañas hasta el cerebro, se le agarra con unas manos horribles y va metiendo los dedos despacio en sus sesos. No hay dentro o fuera, no hay sueños, cielo, flores, nada. Se marea y focaliza.

Aparece en su mente el filo metálico, el blanco de la luz en el infinito del filo, el final del dolor en el filo, la vida manteniendo el equilibrio en el filo. 

Sale de su habitación arrastrándose hasta el baño. Coge la cuchilla. Entre a la cocina y agarra un cuchillo por la empuñadura.

Cuántas veces voy a tener que hacer esto.

Pensé que era la última.

Descuartiza la cuchilla de afeitar con la punta del cuchillo. Ya no llora. 

Paz.



Se está convirtiendo en una experta desmontando estos cacharros. Saca la fina hoja metálica. 

Le sigue sorprendiendo el poco esfuerzo que se necesita para invitar la sangre a salir. Es una escena carente de cualquier tipo de dramatismo. Es una herramienta para afrontar el dolor. Tranquila. En calma. Esta por ti. Esta por mí. Ya no duele el pecho. La tormenta se desvanece.

Nunca volveré a hacerlo.

martes, 24 de julio de 2012


Qué sería de la poesía sin las presas. Si dejamos escapar el amor y los besitos a pequeños sorbos entre los dientes, en lugar de acumularlos en el pecho hasta doler mucho, muy fuerte. Porque a veces decidimos sacrificar los poetas un poco de poesía para sentir un poco menos, y lo maquillamos todo con estrellitas y brillantina de palabras un poco superficiales, un poco frías, un poco llenas hasta el cuello de vacío, empachadas de costumbre.

Hay que digerir la vida también, que si no luego no hay quien se levante del sofá y nos pasamos el día durmiendo, y no todos tenemos cerca un río o un parque o una playa o una cascada o el cuerpo de un amante para cerrar los ojos y no pensar en nada.

lunes, 9 de julio de 2012

Lo rompo todo

Cuando era pequeñita iba a casa de mis amigas después del cole. Nos comíamos unos macarrones con tomate, veíamos dibujos animados y jugábamos un poco.

Era aterrador. Solía pasarme que en cada visita rompía algo. Tocaba algún juguete y zas, ya está, algo me cargaba. Una muñeca, un cochecito, una casita, un puzzle. No sé cómo me las arreglaba pero siempre lo hacía. Llegó un punto en que me negaba a jugar con los juguetes de mis amigas. Estaba muerta de miedo. Prefería jugar a cualquier cosa en la que no necesitásemos ningún objeto.

Soy una torpe y una mete patas. Rompo las cosas. Lo sé. Es como un mal de ojo. O no, soy yo. Es un mal endémico.

Ojalá vivir sin razones, sin motivos, sin corazón, sin sentimientos, y sin manos. Sin manos para no romperlo todo.


lunes, 2 de julio de 2012

La poesía huele


Ahí está. Cierro los ojos y me sube la poesía desde el estómago a la boca. Me vibra por el pelo. 

Los detonantes son: el fuego, la luna, el silencio, una taza de té y un cigarrillo. La poesía huele sábanas nuevas, a calor, a dormir sin sujetador, a ruido de olas, de mar desapareciendo continuamente en la arena. Huele a espuma y sol calentito. A ruido de pasos por las escaleras. Huele a viento contando cuentos a las estrellas, a hojas de árboles creando brillos de luz. La poesía huele a ganas de ti, huele a recuerdos, a nubes acelerándose con las horas. Huele al sonido imperceptible de los pétalos de una rosa golpeando el suelo. Huele a ti, a nosotros. La poesía huele a palabras, huele a muebles arañando el suelo, al peso de una persiana por la noche. Huele a lámparas rotas, a lengua acariciando el paladar, a sueños, a pestañas perdidas por los rincones de esta casa, a párpados mustios y arrugados deseando aplastarse contra la almohada. Huele a secretos mal ocultados, a querer y no poder ser lo que tú no quieres que seamos.

jueves, 28 de junio de 2012

No te engañes, yo no quería crecer.

Comprendía demasiado bien lo que todo ese mundo adulto significaba. Era interesante escuchar sus palabras mientras jugaba debajo de la mesa y observaba la forma en que agitaban sus pies al ritmo de la conversación. Yo asociaba su forma de vestir al mensaje y bueno, la verdad es que luego el tiempo me ha dado un poco la razón.


Mi interés por el sexo nacía de la inocencia, no de unas ganas desmedidas de ser adulta. Es cierto que mi madre siempre fue muy explícita a la hora de darme las lecciones, pero tampoco puede decirse que fuese una educación liberal.


Creo que es muy probable que mi doble faceta comenzase a desarrollarse ya durante la infancia. Todas las niñas en el instituto se exhibían y se desarrollaban como si fuese una carrera y yo miraba mis muñecas con nostalgia (quizá por eso al revés, siempre he buscado la compañía de los niños). Tenía un cerebro maduro en un cuerpo sexuado y pequeñito.

Crecer para qué. Aún era pequeña, aún no menstruaba, aún no llevaba escotes. Me aferraba a los tallos de las flores, a la hierba, a la cuerda del columpio que montó mi abuelo en el garaje, a la cadena llena de grasa de la bici, a la cola de los renacuajos. Crecer, crecer. Aparentar. Fumar.

El sexo como reclamo. El sexo como máscara, como mentira, como convención social. Nada de experimentar de manera natural, de esconderse en el pajar para tocarse las curvas, las esquinas, los vértices, calcularse los diámetros, medir las vibraciones, sumar las tensiones. 

Al final te adaptas, como a todo. Pero aún me sigo sintiendo una continua niña inmigrante en un mundo de adultos.




martes, 26 de junio de 2012

Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi, y apuesto a que será uno de esos momentos que vendrán a mi mente el día que todo acabe.

Iba a encontrarme con ella, jamás nos habíamos visto. Llevaba los nervios cubriendo la piel como si fuese una vibración invisible, con los ojos abiertos de par en par registrando las fachadas de los edificios y los comercios.

Cuando abrió la puerta me pareció preciosa. Tenía una sonrisa inmensa y después de dos segundos, apenas habíamos intercambiado medio "hola" y ya me sentía como en casa. Recuerdo la forma en que giró la cabeza hacia un lado, la manera en que la blusa acompañaba su simpatía, la sensación de cercanía cuando me dio dos besos. "Quiero besarte". De toda nuestra conversación que duró nueve horas sin descanso, el 80% eran ganas de besarla. 

Se tiende a pensar que el flechazo es el que atraviesa a uno solo, como mucho a dos personas de una manera recíproca. Yo lo que sentí cuando apareció ante mí fue una flecha que me atravesaba hacia ella, que se insertaba en las dos, que nos unía. 

Ahora esa imagen se acuesta en mi estómago por las noches antes de dormir cuando me siento sola. Y me reconforta. Incluso con esta horrible almohada.