Tengo ganas, tengo ganas. Tengo ganas de tener las paredes de un color amarillo desgastado, a juego con hojas de periódico antiguo hablando de carruajes, de caballos, de señoras con sombrilla, de desmayos, de las flores, de la primavera, de la industria y un aire como contaminado de progreso lanzándoseme de cabeza en los poros de la piel. Tengo ganas de hacer equilibrios con los pies desnudos por las juntas de los azulejos con cuidado, cuidadito de no caerme, y un pitillo apagado pegado a mi labio inferior, un sombrero de copa, rimmel corrido, vino seco por mis pechos, mirada perdida, música clásica en el gramófono, ojos cerrados, un pasito, otro pasito, adelante, mis gatitos bebiendo leche en un plato sucio, concierto de pulgas, geranios en la cocina, las vecinas cuchichean, sus hijos juegan en el patio a las canicas con las rodillas negras de carbón, los zapatos rotos, algunos se enamoran, otros se mueren, y yo desfilando, despacito, que me caigo, aún sonrío, me caigo, me hundo en la cama. Qué me voy a hundir si está como una piedra, y se me desconcha el techo sobre la nariz y qué sé yo. Me voy a seguir estudiando.
martes, 12 de junio de 2012
jueves, 7 de junio de 2012
Brasil
Papá llega de un largo viaje. Un viaje muy largo y, tras la cena, le pregunta a Gabriela si puede ponerle una canción.

Papá se recuesta en el respaldo del sofá mientras Gabriela enciende la música. "Sssh". Silencio. "Es una canción para escucharla".
Apenas escucha las primeras palabras, ella viaja con la memoria a una oscura habitación de Madrid con olor a madera antigua barnizada. Al cerrar los ojos casi puede volver a sentir el perfume de aquel chico de Brasil haciéndole cosquillitas en los orificios de la nariz... Un chico de esos que camina en invierno por Gran Vía con chaqueta y sombrero.
Gabriela está tumbada en la cama mientras él prepara tres copas de absenta, tal y como se tomaba antes, con su terrón de azúcar y Erik Satie sonando de fondo. Una compañera de la facultad ojea los tomos de "El Capital" de Karl Marx, que se extienden sobre las baldas, con una sonrisa deliciosa en la boca.
Llaman a la puerta. El padre del chico les trae unos platos de pescado cocinado al horno. Gabriela recuerda con detalle los aros de cebolla dispuestos de manera perfectamente concéntrica, pochaditos en mantequilla, y su olor peleándose con el olor de la madera barnizada, el de los libros y el del alcohol.

Después de comer, de hablar de política, de cine, de música, de arte y de cultura, la compañera de la facultad se va; les deja solos.
- ¿Te suena el libro "Gabriela, clavo y canela"?
- Pues claro, de Jorge Amado, cómo no me va a sonar. Tengo por aquí la película.
- Mi padre me puso mi nombre por la protagonista de ese libro.
- Vaya... tu padre acertó de pleno.
Y la ven. Ven tumbados en la cama la película brasileña del libro por el cual su padre escogió su nombre. Su padre, que está sentado en el sofá con ella, escuchando la canción que le lleva a recordar ese momento.
Y es en ese momento, en ese preciso momento, cuando el tiempo está a punto de romperse, sobre todo porque Gabriela sabe que lo que ocurrió después en esa habitación jamás llegó a nada, y se pregunta si las decisiones que tomó entonces no fueron quizá las equivocadas.
martes, 5 de junio de 2012
Kit de emergencia contra la tristeza
Estoy tan acostumbrada a estar triste que me tomo mis bajones como síntomas de unas enfermedad crónica que arrastro desde la infancia. No es una tristeza adolescente. Llamo tristeza adolescente a esa tristeza cegadora que me golpeaba cada cierto tiempo cuando tenía 16 años. Era un sentimiento realmente cegador porque ocultaba gran parte de la realidad bajo su peso. Cuando aparecía, no era capaz de ver nada más, de sentir nada más que no fuera eso. Con el tiempo, cada vez que me sobreviene uno de estos ataques, voy aprendiendo a que discurra por dentro, o de una forma paralela a mi felicidad. Nunca estoy completamente triste, pero tampoco completamente feliz. Es como si me desdoblase y estuviese en dos mundos paralelos por unas horas. Me he entrenado muy bien para traer a mi mente las frases, las palabras que me devuelvan la objetividad, la racionalidad. Las palabras, actitudes y posturas que me permitan seguir. Los efectos secundarios de esta medicación son un color gris que tiende a cubrirlo todo, una cierta apatía, un poco de soledad y una sensación como metafísica de continua reflexión sobre todo.
Guardo en el cajón un botiquín contra la tristeza que contiene: fotografías del verano, la canción "I know what I know" de Paul Simon, un biquini, una rosa (puede servir cualquier flor, en realidad), unas palabras de una persona a la que quiero, un gato, una taza de café o de té, un recuerdo de la infancia, la sonrisa de un niño, el olor del mar, un abrazo de mis padres, una casita hecha con sábanas, un árbol, un baño en el río, el recuerdo de una noche de verano acariciándome la mano con un chico en secreto, la sensación del frío de las baldosas en los pies cuando hace calor, un paseo en bicicleta, un helado, un renacuajo, un globo de agua, un estornudo, un lametazo de mi perro, un disco de vinilo, un baño en el mar mediterráneo, un paseo por el Retiro de Madrid, y bueno, casi que no me entra más, así que voy a tener que hacer un poco de hueco para otro.
Yo creo que me da para empezar una colección. O una vida, como lo llama la gente.
viernes, 1 de junio de 2012
Capítulo X
O. se deja caer. Es una expresión general para un sentimiento que se extiende a lo largo de su vida. A menudo busca pequeños responsables para dejar caer la sentencia: Me siento así por ti. Pero no. Es un sentimiento que trasciende edades y fronteras.
O. busca a quién responsabilizar de lo que siente. Busca EN QUIÉN esconder lo que siente. A menudo confunde a los dueños de sus sentimientos. Algunos creen que es por ellos. "Es por mí, seguro". "No, en realidad es por mí". "No, que es por mí" piensa O. Pero nadie se da cuenta. O, es un eterno segundo plato, un continuo segundero en el reloj, un continuo "puede esperar", un continuo "aguanta", un continuo "ya llegará", un continuo "qué pesada eres, yo estoy primero". O, espera a la cola de la carnicería con la lista de la compra, con una cerveza en la mano, con un cigarro, con un sueño, con una esperanza.
O. espera con el verano balanceándose en su falda, con todos los sueños de vete a saber tú qué vida que acabará vete a saber tú cuando, esperando vete a saber tú qué. Qué cosa.
Pero O, siempre es feliz. A pesar de toda la tristeza. Es de esas pequeñas cosas que la separan del resto. Ay, cuánto ha podido llorar en una tarde como esta, cómo de hinchados puede tener los ojos, cómo de despreciada puede llegar a sentirse, y sin embargo es capaz de sonreír con cualquier canción, con cualquier esperanza de tenerla a ella entre sus brazos, ella que que se muestra receptiva, ella que parece suave, que parece sonreír, que parece tener ganas de ser feliz. Y no deja de imaginar su pelo meciéndose al ritmo de la música y de su cintura, de la cintura de las dos, del agua, del mar, de la sal, de toda esa desesperanza que ellas convierten en algo, en ganas de algo, en ganas de estallar, de sobrevivir, de volver a amar con sonrisas, no con lágrimas.
O, sería suya. Solo necesita verla una vez más. Pero sabe que aún no. Que aún no se puede. Que hay que esperar. Y tiene miedo de todo. De todo el tiempo, de toda la distancia.
No importa, no importa.
O. sabe cerrar muy bien los ojos. Herméticamente.
viernes, 25 de mayo de 2012
Estoy sentada en el sofá con un
moño tenso en el pelo que me obliga a ser consciente de que estoy viva. Suena
el lago de los cisnes. La casa retumba con cada trueno de la tormenta que ha
acabado con el día.
Sobre mi mesa hay una copa de
vino y tres libros.
Hoy he llorado. Después de tres
meses, he llorado. Ya pensaba que algo se me moría por dentro. Yo, la llorona.
Tres meses sin dejar caer un río de lágrimas. Que tres o cuatro habían caído,
pero no de esas de necesitar abrazarme a mí misma (que Soledad es muy flaquita,
jolín).
He sido consciente por un momento
de una tristeza muy profunda. Mucho. Una tristeza que habita en el fondo
infinito de mi ser. Me he sentido la piel crecer como la corteza de un árbol, a
base de recuerdos, para cubrir bien esa pena que se recostaba sobre mí. Luego
me he tomado una taza de café.
No sé qué libro elegir. Es
demasiado tiempo jugando a distraerme. Ahora las palabras de un libro suponen
una pausa interminable para sentir. Y no quiero, porque yo soy de las que huyen
hacia delante. O eso dicen.
Dance of the swans. Me como el gajo
de una mandarina, y ya veremos.
domingo, 6 de mayo de 2012
Aeropuertos
![]() |
| Januz Miralles, The Wait |
Cuando se deprime, O. se sube al coche y conduce en silencio hasta el aeropuerto. Los aeropuertos tienen mucho de límite. De vacío. De encuentro y desencuentro, de comienzo y final, de despedidas y bienvenidas, de lágrimas y sonrisas.
En el aeropuerto O. puede llorar tranquila y nadie sabe si es porque se va o porque vuelve, porque pierde a alguien o porque lo recupera.
Los teléfonos móviles suenan sin descanso, como recién nacidos en la sala de neonatos. O. renace entre ellos, invisible. Nace y también se muere. Es una sala de espera infinita.
O. escucha las conversaciones ajenas con apatía. Son conversaciones que ella ya ha tenido, conversaciones que ha protagonizado y que en su momento la hicieron estallar en carcajadas, pero que pasan a su lado ahora como un tren de cercanías en el andén contrario.
O. come. Se hincha de materia el estómago. Lo alimenta como si fuese el corazón. Se desarma en lágrimas, sonríe, camina a prisa, arrastra una maleta vacía. Llena de sueños. Vacía. Llena de desamor. Vacía. Llena de Soledad. Vacía. Llena de sí misma. Vacía.
Con el estómago a reventar, la maleta vacía y la piel de la cara empapada, O. se deja atrapar en las puertas giratorias, leyendo sin descanso el cartel de "Por favor, no se detenga", y no se detiene ni un momento; nada. Y la gente la mira y solo ve que no para nunca, pero no ve ni sus lágrimas, ni su estómago a reventar, ni la maleta, ni a ella, ni el tiempo que lleva dándole vueltas a la vida.
martes, 1 de mayo de 2012
Se me cae
A veces se me cae el corazón, se
me resbala por el pecho hacia abajo. Lo siento, siento cómo va descendiendo
poco a poco hasta depositarse encima del estómago. Lo noto entre otras cosas
porque la voz se me pone bajita. No como en susurros, pero sí como lenta y
dulce, calmada.
Justo entonces siento que me
crecen los acantilados al borde de la piel. Me crecen con violencia aunque
silenciosos, y siento la realidad como olas estrellándose en mí.
Todas estas cosas que siento, se
resumen en que necesito un abrazo. De los de verdad. De los de me importas y
para mí eres única y quiero estar contigo.
Y ya está. Eso es todo.
Soledad, sirve el té.
lunes, 30 de abril de 2012
Ven, verano.
Estoy cansada del invierno. Que sí, que ya sé que hace más bien poco me emocionaba de solo pensar en ponerme un jersey enorme y esconder las manos en las mangas, mientras me fumaba un cigarro en la ventana y veía llover, muerta de frío. Y que solo quería tomarme cafés calentitos viendo alguna película. O cocinar bizcochos escuchando boleros.
Ahora mismo siento el frío como una manta de oscuridad que me aplasta. Me siento su rehén. Se me deshace el cuerpo en sueño, en ganas de dormir, en apatía.
Yo quiero despertarme con los rayos de sol golpeándome la cara, ponerme un vestido suavecito, coger al gato en brazos y tumbarme en el suelo de la terraza para sentir las baldosas calientes en mis piernas, escuchar los pájaros, oler las flores. Quiero desayunar zumo de naranja fresquito, recién exprimido, y después salir a andar en bici escuchando música, hasta la playa.
Quiero oler el mar, sentir la brisa en la cara, quemarme los pies con la arena ardiendo, meterlos en el agua, hacer dibujos en la orilla, comer un helado sentada en las dunas, una ensalada fresquita, una cerveza helada, otro paseo, los niños, las cometas, las sandalias, los colores de los bikinis, las formas, los cuerpos, los juguetes, las sonrisas, el pelo mojado, las pecas, el olor de la crema de protección solar, las toallas, las sombrillas, el momento en que la playa empieza a quedarse sola y solo unos pocos valientes se dan los últimos baños antes de que empiece a atardecer...
Quiero verano. Lo necesito.
lunes, 23 de abril de 2012
Amanece
Me sube el dedo por la cuerda de la guitarra al mismo tiempo
que se acuesta el sol por la bahía. Me siento vibrar el pecho con su voz a
través de mis oídos, y se coordina con el viento en las ramas de los árboles.
Siento una aceleración pausada en el corazón, me pestañean los ojos como si
quisieran salir volando y me parece que soy una recién nacida gritando en
silencio de la angustia de saber que no me queda más remedio que crecer.
Estoy esperando que se me funda la nieve del invierno con
esta primavera y no termina nunca de hacer frío. Se me mezclan las estaciones.
Ya no sé si soy verano con este hielo ártico abrazándome las venas, o si soy
invierno, que el calor también me palpita a veces a grandes llamaradas por el
pecho.
Voy buscando indicios de ganas de vivir en los espacios
entre las hojas de cualquier árbol. Voy esperándome, voy dejándome llevar, voy
flotándome, desterrándome. Me observo cambiando de piel, desplazándola con los
dedos en silencio entre suspiros, respiración entrecortada, pequeñas gotas de
sueños que se evaporan hacia dentro.
(...)
sábado, 7 de abril de 2012
[Fragmento eliminado]
Se me está despertando el viento
aquí en mi cintura.
Le están creciendo los dedos.
Aquí, aquí. Siempre más aquí.
Siempre más adentro.
Siempre extendiéndose.
Siempre resbalando.
Me salen alas abstractas.
Alas con forma de raíces,
con forma de infierno,
de lava.
Con forma de silencio
me crecen estas alas hacia ti.
Hacia ti que eres yo.
Hacia yo que soy nada.
Tú me pesas un poquito.
Me luchas contra el viento de la
cintura.
Me afeitas las alas.
Calla.
Calla, porque no existo.
Calla, porque te pienso.
Porque también existes solo un
poco.
Fíjate bien, justo aquí.
Existes justo aquí en mi lunar.
Justo aquí en mi nariz,
en este labio de suerte,
en esta pestaña torcida.
[Fragmento eliminado]
No existo yo en ella,
no existo en su piel invertida.
[Fragmento eliminado]
Quiero borrarme del tiempo,
de todas las horas que llueven,
de todos los espacios.
Los ecos. Las sombras.
Tengo la luz gimiéndome en esta
oscuridad.
Déjanos salir,
salir, correr, desmayar, dormir.
Déjanos dormir en ti.
O qué sé yo.
No sé.
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